Certezas

Una puede confiar en que el mundo no se acabará ahora mismo cuando entra en Mercadona. Aquí la luz es fiable, todo está en orden y no hay lugares mal iluminados ni cosas fuera de lugar. 
En Mercadona las familias empujan carros y los solteros arrastran cestas. 
Es entrar por la puerta y notar el descanso de las certezas.
Aquí el sabor es eterno como el amor romántico. Los pobres y los ricos paladean el mismo humus de exactitud poética y en la sección de vinos no hay lugar para la incertidumbre. 
Es entrar por la puerta y notar el descanso de las certezas.
Sus dependientes nunca arrastran los pies ni las palabras, no hay cojos ni lentos y resulta extrañamente placentero saber que puedes confiar en la eficiencia del ser humano por mil y pico euros. 
Por eso vengo cada día, aunque sea a comprar una manzana o un panecillo a granel.  Algunos días compro con euforia una bolsa de rábanos. No es que me gusten demasiado, es solo que adoro ver cómo se arrugan y empequeñecen en mi nevera con el paso de los días.



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